El campo de lo popular y los gobiernos “progresistas”
El capitalismo ha seguido avanzando en sus pretensiones de paradigma
único, y esto debería obligarnos a pensar y a actuar analizando
constantemente los contextos. No es posible que ellos se apropien
indebidamente y por arriba de nuestros conceptos y prácticas, y por
abajo continúen con la demolición sistemática de compañeras y compañeros
y de proyectos libertarios en relación a los poderosos. Esto ha
sucedido siempre, lo que van variando son las estrategias.
Lo preocupante, o dramático quizás, es comprobar cómo el capitalismo
se reproduce a sí mismo en forma permanente. Hay una línea de
pensamiento, que compartimos, que explica por qué no fue casual que en
Sudamérica se vivieran procesos similares y simultáneos en todos los
países o en casi todos los países. Por ejemplo, en la década de los
cincuenta, (existieron) gobiernos populistas en todos lados: Perón acá,
Vargas en Brasil, etcétera; en la década de los sesenta, la aparición de
las guerrillas en casi todos los países; en los años setenta, las
dictaduras militares; en los ochenta, el reinicio de la democracia y el
afianzamiento de las democracias formales. Con la caída del muro de
Berlín vino todo el discurso del fin de las utopías, de la historia, de
los sueños, y después, desde el 2000, una crisis de la democracia en
toda América del Sur muy fuerte. Todo esto tensa al máximo la
desesperanza.
La aparición del zapatismo en ese momento fue crucial; sin ninguna
duda, fortalece y hace resurgir la protesta y la posibilidad de pensar
en nuevos paradigmas. También el movimiento Sin Tierra en Brasil, el
movimiento de pueblos originarios en Ecuador y Bolivia, los piqueteros
en Argentina, sólo como un muestrario de ideas, conceptos y prácticas
que ya estaban latentes en nuestros pueblos y que emergen con voz
propia. Teóricos de los propios movimientos e intelectuales críticos
avalaban estas formas de concebir la realidad, como Holloway y Toni
Negri, entre otros. Lo más interesante fueron las discusiones libres que
se instalaron entre nosotros en orden a un crecer de las ideas.
En los últimos años, siguiendo el razonamiento anterior, aparecen en
la mayoría de nuestros países gobiernos progresistas. Siempre pensé que
no era casual esto, que hay alguien poderoso que de alguna manera
digita estas cuestiones para que lo estructural no cambie. En Argentina
concretamente estamos, desde mi punto de vista, con un gobierno que ha
tomado el folclore peronista. El peronismo nunca fue un movimiento
revolucionario, fue un movimiento populista, transformador de algunas
políticas sociales, que en su momento, sobre todo en la primera etapa de
la época de Perón, hizo cambios en la distribución del ingreso y
realmente trabajó en escuelas para todos los niños, en salud pública,
viviendas y derechos laborales, pero que no avanzó en lo de fondo para
pensar en una sociedad realmente igualitaria.
Entonces este gobierno actual toma aquellas medidas y las convierte
en folclore, en el sentido de que apela a aquella memoria del Estado de
bienestar, en un contexto totalmente distinto y, la verdad, lo que es
puramente estructural, en lo económico, no lo toca. Por ejemplo,
defiende a Monsanto, empresa norteamericana que entre otras cosas
produce el glifosato y semillas transgénicas; es una de las empresas que
ha creado más controversias a nivel mundial por el peligro real de sus
productos sobre la salud humana, animales, plantas y ambiente en
general. Y este año, el gobierno nacional hizo un convenio de inversión
con Monsanto, en una reunión que se llevó a cabo en Estados Unidos,
donde además hizo negociaciones con el dueño de la Barrick Gold por el
tema de las megaminerías (hay fotos y artículos periodísticos que así lo
demuestran). En diciembre del 2011, proclama la Ley Antiterrorista que,
como su mismo nombre lo indica, realmente es gravísima y hasta los
propios militantes del partido gobernante no saben explicar. Algunas
consecuencias de esta ley ya las hemos empezado a ver en las nuevas
represiones y persecuciones: ha muerto un montón de gente en los últimos
años a raíz de la represión policial. Esto forma parte de las
perversidades de la política partidaria.
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hoy, de palabra, dice
que no va a perseguir a ningún manifestante y cada vez son más las
represiones y la gente que se muere en las mismas; y toma algunas
banderas progresistas que son muy interesantes -como la cuestión de
igualdad de género, que uno ve que también las ha tomado Obama en
Estados Unidos y que le ha traído problemas también con los
conservadores (no el tema de la despenalización del aborto, porque en
Argentina la presidenta no quiere saber absolutamente nada), pero los
problemas estructurales de fondo no se toman.
Ciclos de continuidades: tragedias y contradicciones
A mí me parece que Argentina y los demás países de América Latina
tienen en común una historia finalmente trágica. Tenemos países muy
ricos en todo sentido, riquezas naturales extraordinarias, paisajes
impresionantes, de habitantes con mucha inteligencia y capacidad, y
también tenemos en común que en general todos los procesos que
intentaron transformar la realidad colonial terminaron en tragedia.
No voy a abundar en casos de la historia argentina porque quizás no
corresponda, pero a manera de ejemplo, en los últimos 60 años, Perón fue
trágicamente derrotado por una dictadura militar y la tragedia continuó
con muertes, asesinatos y fusilamiento a peronistas, como el caso del
general Valle. Más adelante hay una parodia de democracia y en el año
1986 derrocan a un presidente como Arturo Illia, que era un presidente
honesto, ético, que tenía evidentemente a las “fuerzas del orden” en
contra, y esto provoca una tragedia de una dictadura militar donde se
produce “la noche de los bastones largos”, la persecución a las
universidades, donde por primera vez en la historia entra la policía a
las mismas. Ciertamente empieza aquí el deterioro de la educación
pública en Argentina.
Después viene un muy interesante proceso que es la resistencia
peronista, que es muy largo de explicar, que deriva de alguna manera en
un enfrentamiento con las fuerzas armadas y que termina trágicamente
con la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, grupo paramilitar),
dominada por López Rega, y después con la dictadura militar que produce
más de 30 mil desaparecidos, que es la tragedia que más fuertemente ha
signado el país.
Cuando viene Alfonsín, si bien juzga a las juntas militares en un
juicio histórico en Argentina y en el mundo, pocos años después revierte
esta política sancionando la ley de Obediencia Debida y Punto Final.
Tiene un par de frases que son históricas y que quedaron resonando en la
memoria del país. Por ejemplo, cuando le quieren hacer un nuevo golpe
militar, él dice desde el balcón de la casa de gobierno que “La casa
está en orden”. La casa no sólo no estaba en orden, sino que le habían
pedido que derogara todas las leyes en contra de la dictadura militar. A
Alfonsín el no hablar claro de los grupos económicos, de los Derechos
Humanos, le costó que se fuera antes del gobierno: recién reiniciada la
democracia y el primer gobierno no puede terminar su mandato, se ve
obligado a entregar antes el poder.
Luego viene Carlos Menem, que fue una tragedia en sí mismo: salvando
las muertes de la dictadura, fue una tragedia política tan grande que
podemos decir que fue la continuación de la dictadura. Ahí Argentina
perdió su autonomía totalmente. Vendió los teléfonos, vendió YPF (la
petrolera estatal), vendió el agua, vendió la energía, vendió todas las
empresas, vendió los trenes, vendió todo. Fue el único país que vendió
tantas cosas, privatizó todo. Y eso no mejoró la situación económica, la
empeoró. Impuso también la reelección, que fue otra tragedia que
continúa en Argentina y el nivel de corrupción alcanzó situaciones
trágicas. Una muy grande fue cuando vende, de forma absolutamente
irregular, armas a Croacia y a Ecuador, sin permiso del Senado de la
Nación. Iniciada la investigación, explota una fábrica de armas
militares en la ciudad de Río Tercero en Córdoba, y allí se borraron
todas las pruebas que se tenían de este contrabando. Así destrozó,
literalmente, un pueblo de 50 mil habitantes. Cosas como éstas en
Argentina, han existido muchas, y lo peor es que Carlos Menem hoy es
senador nacional, como muchos otros funcionarios que robaron, no han
sido juzgados y están en el Senado. La impunidad sigue siendo un derecho
de los corruptos, y ésta es una de las grandes contradicciones que
tiene el gobierno en la actualidad.
Después viene la tragedia de De La Rúa, que se fuga en helicóptero;
la crisis del 2001, los levantamientos populares, la muerte de Maxi
Kosteki y Darío Santillán, piqueteros del Movimiento de Trabajadores
Desocupados de la Aníbal Verón. El asesinato a mansalva de Maxi y Darío
es una tragedia que de alguna manera abre un parteaguas en el campo
popular. Darío era un reconocido educador popular entre sus pares; los
dos eran jóvenes desocupados, militantes, y su memoria aún hoy nuclea
resistencia, movimiento y sueños en el campo popular crítico de
Argentina. También hay que saber que el que los asesinó, que era un
oficial de la policía de la Provincia de Buenos Aires, hoy está a punto
de ser liberado. Y Aníbal Fernández, quien era un alto funcionario del
gobierno de Eduardo Duhalde al ocurrir los asesinatos, es hoy parte del
gobierno progresista de los Kirchner. Fue cómplice y, sin embargo, nos
está gobernando dentro de un gobierno que ha tenido logros importantes
en materias de derechos humanos.
La formación de los movimientos populares ante la destrucción menemista del aparato productivo
Raúl Zibechi tiene un análisis muy interesante que yo comparto. Dice
que a mediados de la década menemista, los conflictos empiezan a
sucederse en los territorios. Entonces, la batalla del conflicto se da
en el propio territorio. Ahí aparecen los movimientos piqueteros, los
movimientos campesinos, culturales, los movimientos sociales de gran
envergadura que nacen al fragor de la lucha contra la política
menemista.
Lo interesante en este caso en Argentina es que los sucesos del 2001,
donde el pueblo sale a la calle en forma espontánea, es que nadie de
los que trabajábamos en alguno de estos movimientos podemos atribuirnos
que gracias a nosotros surgió esa revuelta tan importante, que fue capaz
de derrocar a un presidente constitucional o hacer que renuncie y se
fugue; pero evidentemente fue importante todo ese trabajo que se vino
realizando en contra del sistema capitalista y con otras formas de
pensar la realidad y vivirlas desde la autonomía, la horizontalidad. Eso
fue muy interesante. Pero ahí se produce un proceso de vaciamiento
democrático, en el sentido de que el Congreso, el ejecutivo, el poder
judicial y hasta los propios partidos políticos quedan ciertamente
anómicos.
Del “que se vayan todos” a la institucionalización por el Estado
Ahí se producen dos cosas: la primera demuestra que los procesos
carecieron de organicidad, fueron mucho más espontáneos que organizados.
Fue como un ¡basta! desde la entrañas, pero sin organicidad y sin
conductor de esa energía. Cuando hablo de conductor, obviamente hablo de
un movimiento horizontal que táctica y estratégicamente esté pensando
la coyuntura. Y lo segundo es que en los tiempos posteriores empiezan a
darse en gran parte de los movimientos sociales un proceso de grietas,
de peleas internas, fragmentaciones, que terminan produciendo serios
problemas en los mismos.
Nosotros estamos ahora haciendo una revista que se llama Cuadernos
rebeldes, justamente para estudiar cómo es que, desde que se recuperó la
democracia, se han producido rebeliones importantes en muchas de
nuestras provincias, con marchas muy numerosas, protestas hasta
violentas en algunos casos. Sin embargo, después venían las elecciones y
ganaban casi siempre los gobernantes que habían sido repudiados. Cuesta
mucho afirmar y tomar conciencia de que ya es muy difícil hablar de
democracia en nuestros países. En Argentina al menos, casi todas las
provincias han desarrollado un tipo de gobierno democrático al que hemos
dado en denominar “feudal”, que además tiene características comunes:
reelección indefinida, enriquecimiento ilícito total y absoluto del que
gobierna, represión ante cualquier alzamiento que se quiera dar,
eliminación de la competencia política, desaparecen los partidos
políticos y no hay quien les haga frente. Además hay un vaciamiento
total de lo económico y una entrega absoluta de todos los recursos. Esto
se ve en todas las provincias.
El gobierno kirchnerista tiene esta matriz. Antes de llegar al
gobierno nacional la desarrollaron en su provincia, Santa Cruz. Kirchner
fue muchos años intendente de Santa Cruz, fue durante muchos años
gobernador; él trae esta matriz totalmente autoritaria que después toma
esta cuestión de los derechos humanos.
Hoy todos hablan de derechos humanos: la derecha, Macri, en general
ha vaciado de contenido el problema de los derechos humanos. Nosotros
estamos utilizando, en la revista que mencionábamos, una metodología que
denominamos “voces múltiples y diversas”. Tomamos una muestra de los
que participaron en determinada rebelión y la cuestión es que hablen
todos. No entrevistamos a los que nos gustan a nosotros, sino a los que
fueron partícipes. Entonces hasta acá llevamos dos números y vemos que
el problema principal de las rebeliones en Argentina está en los
rebelados. Todos quieren ser jefes, quieren ser el Che Guevara, el
Subcomandante Marcos: todos quieren ser el dirigente del movimiento. Por
eso son dignas de estudiar estas cuestiones.
Y lo otro que sucede tiene que ver con un proceso que también estudia
Zibechi: lo que hacen los gobiernos “progresistas” es eliminar los
conflictos que se presentan en los territorios y cooptar a los
principales representantes de los movimientos territoriales para
convertirlos en funcionarios de dichos gobiernos. Entonces, aquí la gran
mayoría de los movimientos sociales, por ejemplo los piqueteros, o se
autodestruyeron entre sí o fueron cooptados sus dirigentes. Los ejemplos
son numerosos. El concepto, desde un punto de vista teórico, es que
aquellos movimientos que decidimos ser críticos al sistema capitalista
no deberíamos terminar siendo parte orgánica de los gobiernos de turno.
Una cosa es que un movimiento territorial negocie cuestiones con el
Estado y otra cosa es que terminen siendo parte de los gobiernos.
Por otro lado hoy hay un quiebre en la visión que pretende tener el
gobierno, porque la Ley Antiterrorista, la cercanía de la presidencia
con Monsanto y con las empresas mineras, las represiones que han
existido, el doble discurso, la inflación, la inseguridad, son problemas
que son hechos sociales. Uno puede decir estoy de acuerdo o no con
determinado hecho social, pero lo que no puede hacer es negarlo. No se
puede negar la inflación en Argentina hoy cuando va a estar a más del 30
por ciento anual, que es una barbaridad. Hay hechos sociales innegables
que los gobiernos ocultan.
Entonces tenemos el compromiso de, a pesar de que los poderosos han
intentado cambiar la historia, reconstruirla permanente e
incansablemente a partir de nuestras convicciones y de nuestras
prácticas, insistir mucho en sostener los ideales, nuestros procesos de
formación, la reflexión de nuestras prácticas y la humildad de ir
integrándonos a un movimiento mayor, que deberá crecer nuevamente desde
abajo. Mi impresión, no por fatalista, sino por intentar ser
enfáticamente realista, es que la mayoría de estos procesos terminarán
nuevamente en tragedias, entendida éstas como sucesos que interrumpen
continuamente procesos, que no dejan crecer, independizarse, liberarse y
donde siempre el que termina sufriendo es el de abajo. Sin embargo,
está demostrado que la cultura popular se dobla, pero no se rompe.
La paradoja del autoritarismo en los gobiernos “incluyentes”
Hoy se está notando cada vez más en América del Sur que el poder se
concentra casi con exclusividad en los presidentes. Es decir, los
poderes legislativos y judiciales casi no influyen en los procesos
políticos. Cada presidente, en general, cada gobernador, es un unicato.
Y al que habla distinto, se lo intenta destruir de cualquier forma.
Nosotros hemos sufrido mucho esto en la Universidad Trashumante, porque
nuestra concepción de no ceder ni un ápice al Estado nos ha traído
muchos dolores de cabeza, nos han llegado a acusar de gorilas, de
fachos. A mí me parece, sin pretender ofender a nadie, que esto no tiene
que ver con un empecinamiento absurdo, sino con una concepción ética de
la vida. Si a priori estamos definiendo que son gobiernos capitalistas y
por tanto casi necesariamente corruptos, que se apropian en cuanto
pueden de los medios de comunicación, que son una estafa al pueblo. ¿Y
entonces? ¿Vamos a negociar con ellos? ¿Nos vamos a prestar a la farsa
electoral? ¿Vamos a concurrir a hablar a los medios de su propiedad? Son
concepciones y deberían ser respetadas.
La contradicción a resolver entonces sería la siguiente: en esta
última década, el esfuerzo del capitalismo por producir un resurgir de
los partidos políticos e intentar que la juventud participe en los
mismos ha sido muy grande. Lo que vamos a terminar discutiendo son las
concepciones de poder que tenemos alrededor de que se construyan
sociedades democráticamente justas e igualitarias.
Entrevista: Cecilia Iglesias para Desinformémonos.org